La cara oculta de la luna. Julio Diamante Stihl

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JULIO DIAMANTE STIHL
“En 1954, un Congreso de Escritores Jóvenes
nos permitió reunirnos en la Complutense”
31 de enero de 2013
LA CARA OCULTA DE LA LUNA
OFICINA DE JUSTIFICACIÓN DE LA DIFUSIÓN
MANUEL MENOR
Julio Diamante Stihl (Cádiz, 1930) estaba feliz el
pasado 27 de noviembre del malhadado 2012.
Un nutrido grupo de amigos, convocados por
Amesde, se había congregado en Blanquerna
para homenajearle. Tiene una rica obra, pionera
en muchas facetas, diversa en afanes y preocupaciones,
muy coherente en la relación de pasado-
presente-futuro y ahora está terminando de
montar un impresionante documental de cuatro
horas y media: Memoria rebelde. Las circunstancias
de la reunión eran más peculiares aquella
tarde, con una calle de Alcalá clamando por una
sanidad digna y de todos. Para un presente tan
bronco y desmemoriado, su polifacética personalidad
emitía una luz muy especial, que aumentó
cuando secuenció su prolongada experiencia en
torno a unas pocas palabras clave:
Felicidad: “La primera imagen de mi vida es en
Cádiz, la ciudad donde nací, que amo mucho, y
es estando en la playa de La Caleta, jugando allí”.
Asociada a la intimidad familiar: “Mi padre era
ingeniero de caminos, canales y puertos, y trabajaba
como tal en el puerto de Cádiz”.
Guerra: Coincide con el traslado de su padre a Madrid,
a lo que hoy es el Canal de Isabel II. Hasta ese
momento “era un niño muy feliz, con una familia
estupenda…”; la guerra “viene a trastornar este
mundo”. La distribución de aguas era una tarea
arriesgada, entre bombardeos e imponderables.
Los riesgos crecieron con el traslado del padre al
frente de Aragón, como comandante en jefe del
Batallón de Pontoneros. El recuerdo pasa a primer
plano imágenes de la batalla del Ebro: los
puentes que se construyen entre Flix y Gandesa,
las dificultades para construirlos y mantenerlos
en pie frente a los bombardeos enemigos y, sobre
todo –como contaría el ingeniero en sus memorias:
De Madrid al Ebro–, un sistema que permitiera
mantener ocultos bajo el agua durante el día
tan vitales pasos de aprovisionamiento, pero pudiendo
ponerlos en servicio en la noche. El niño
Julio no volvió a verle hasta después de la guerra
y, “cuando le vea, ya será en la cárcel”.
Otras imágenes pugnan en el recuerdo: bombardeos
y combates aéreos, contraventanas acribilladas
por la metralla, bocadillos con mensajes
subversivos que arrojaban los facciosos, reacciones
populares y canciones ocasionales “rimando
tirabuzones con fascistones…”. Al iniciarse la guerra,
Julio tenía “5 años; cuando termina tengo 8 y
a lo largo de la misma se van despertando ya mis
inquietudes”.
Postguerra: es que “la paz no llega nunca”. Es cárcel,
de su padre y de su abuelo –también ingeniero,
responsable de la red nacional de carreteras–.
Es visitarles con dolor, sin entender por qué “personas
tan buenas” estaban encerradas y es ver que
su abuelo –“que me impresionaba mucho por su
firmeza y serenidad”– acabaría muriendo entre
penalidades en la propia cárcel. Al padre le acabaron
indultando en “una especie de amnistía”
que dieron “para aparentar”, cuando la caída de la
Alemania nazi y la Italia fascista. De todos modos,
no le permitieron incorporarse al Cuerpo de Ingenieros
“hasta 1973, es decir, que tardó 34 años”.
Colegio: “Mi madre, para quitar hierro a mis preguntas,
me decía que es que eran idealistas, muy
idealistas. Yo no entendía por qué, de pronto, el
ser muy idealista podía desembocar en estar condenados
y, además, por auxilio a la rebelión militar
–indicativo del cinismo de quienes les habían
condenado, al revertir sobre ellos sus propios pecados”–.
Fue una situación que “me hizo tomar
conciencia muy pronto de la conciencia ciudadana
por la que habían luchado, en defensa del
Gobierno legítimo de la República”.
Fue la madre también la que, con gran esfuerzo
frente a “la delicada situación económica
en que estábamos”, le llevó al Colegio del Pilar,
que Julio asocia a Raza – “donde Franco había jugado
a ser guionista de cine”– y también a Millán
Astray –que visitó el colegio y “nos largó allí una
perorata”–. Luego, la madre le llevó a los Agustinos
de El Escorial, “cuando vio las lecturas que yo
hacía y cómo iba derivando a pesar del colegio,
pero eso ya no tenía remedio: a las simpatías por
la República, se unió pronto que empecé a tener
una postura de izquierda muy clara”.
Universidad: Después del “examen de estado”, se
inclinó por Medicina. Por influjo de grandes amigos
de su casa, sobre todo “por el carácter humanístico”
de la profesión y lecturas de Psicología,
“me resultaba un mundo muy interesante, pero
nunca me acabé entusiasmando plenamente. Estos
estudios no acabaron de cogerme con fuerza”.
“De pronto, me dejé llevar por una especie
de enamoramiento que tenía con el cine desde
que había visto El Delator, de John Ford”. Fue
un cambio que vino acompañado de lecturas
heterodoxas y un poco desordenadas que todavía
mezclaban Verne y Salgari con Dostoyevski,
Chejov, Valle-Inclán, Shakespeare, Ibsen… Buero,
amigo de cárcel de mi padre. Las tertulias de los
sábados –“la mejor escuela que he tenido”–, a
donde este le llevaba, hicieron lo suyo. Y más con
los viajes a París en vacaciones: su cinemateca “celestial”
y quienes la frecuentaban –actores, críticos
y directores de gran fama–, y su teatro, el jazz y los
libros que “podías leer sin cortapisas y que aquí
eran desconocidos e ignorados”, y que luego trataba
de traer en el fondo de la maleta.
Con la literatura y el teatro, “el cine se convirtió
en pasión”. Primero, “pedí asistir como oyente
a algunas clases del Instituto de Investigaciones y
Experiencias Cinematográficas, la que sería Escuela
Oficial de Cine”. Enseguida, hizo los cursos
que allí daban. Incluso cogió alguna fama con un
montaje de teatro –La máquina de sumar”–. Julio
sería profesor en esta Escuela, foco de grandes
amistades como Bardem, Berlanga o Saura.
1954-56: Son años cruciales, en que Julio protagoniza
acontecimientos significativos. En 1954,
con otros tres amigos universitarios –ya solo
queda Enrique Mújica–, crean la primera célula
de oposición al franquismo. Jorge Semprún tuvo
que ver en ello. El subterfugio para poder reunirse
es un proyecto de “Congreso Universitario de
Escritores Jóvenes”, que les va a permitir un pequeño
despacho y publicar, incluso, un boletín:
Laín era entonces el rector de la Complutense. En
1955, con motivo de la muerte de Ortega, Julio
organiza un homenaje laico al “filósofo liberal”:
una esquela sin cruz –“en nuestro boletín y en
octavillas”– y, sobre todo, un desfile de homenaje,
“en silencio, desde el patio de la Universidad Central
en San Bernardo, hasta la Sacramental de San
Isidro, pasando por la Gran Vía, Preciados y Sol,
delante de la Dirección General de Seguridad”.
Asisten representantes de todas las universidades.
En 1956, se convocaron elecciones para delegados
de curso que siempre habían sido “elegidos
a dedo por el SEU”. Para entonces, ya los boletines
y el propio Julio eran objeto de atención policial:
interrogatorios y detenciones breves. El reto eran
unas elecciones libres. A medida que se acerca febrero,
el ambiente se caldea, hay enfrentamientos
en la propia Universidad: el escudo del SEU es
hecho trizas. Cuando llega el “Día del Estudiante
Caído”, Julio avisa que nadie vaya a la Universidad
para no caer en provocaciones. Pero algunos no
se enteran y acuden, marchando por San Bernardo
y los Bulevares, hasta encontrarse con los
falangistas que venían en plan de “desagravio”.
Se monta un cacao y un tiro de pistola abate a
uno de los chicos falangistas. Esa fue la primera
manifestación antifranquista en la Universidad
española. Julio acabó en la cárcel de Carabanchel.
Teatro: dirigido, escrito y producido; Cine, en todas
sus facetas; Benalmádena, 18 años dirigiendo
esta “Semana Internacional de Cine de Autor”,
de 1972 a 1989; poesía, ensayo, memorialismo,
música popular, sus actividades tempranas respecto
al jazz y al jondo, y libros escritos en todos
estos campos –imposibles de encontrar algunos–
son otros tantas palabras, que le espabilan vivos
recuerdos, de gran valía para la construcción de
la historia de estos últimos 80 años. También lo
son esperanza y amargura, por la viveza de sentimientos
que le suscita la “miedosa” relación colectiva
que hemos tenido con la República.
No callar: Es lo que propone como “cierre”. Como
si hubiera sido una marca significativa de su vida
o como si quisiera avisar a cuantos se hayan determinado
a ser ciudadanos vivos en este presente,
versifica y canta –en jondo– su voluntad decidida
y a contracorriente: La prudencia recomienda/ ni
ver, ni oír, ni rechistar/ mas me sale de lo jondo/ ver,
oír y no callar.
FOTO: TERESA RODRÍGUEZ